24 de octubre de 2013

Lo que nos queda

Esta será la generación que menos tenga, porque ni pensar que tengamos lo mismo que nuestros padres, al menos no en Venezuela, ni siquiera nos da para tener lo que nuestros hermanos mayores, cuando una casa cuesta mil millones o un millon de bolivares superfuertes (da lo mismo porque a la final la moneda no vale nada) que nos queda??? como me dijo un amigo, reir para no llorar; nos queda trabajar y tratar de sobrevivir, buscar la tan anhelada oportunidad de "irnos" y echarle un camion afuera, porque la vida no es facil siendo extranjero, menos en estos momentos donde medio mundo anda en crisis y la otra parte trata de ver como sobrevive.


No lo dejes morir, bien nos los advirtio Franco hace años en su canción, porque que le entragaras a tus hijos cuando crezcan?? nada, quizás suena pesimista pero asi lo veo, no dejaron nada para los hijos, nietos, herman@s, panas o quien sea; esta gente acabo con todo hasta con las esperanzas, saquearon las arcas, acabaron con la industria, con las reservas de oro, la plata, no quedo nada, y ahi estamos ahora, esperando el milagro que nunca llega, "q pase algo" porque asi somos, increiblemente los venezolanos seguimos pensando en ese "algo tiene que pasar" desde hace 10 años por lo menos escucho el "ahora si, esto es demasiado" ó "no se puede poner peor" y zaaasssss toma pa que seas serio como dicen por ahi, porque si algo tienen nuestros gobernantes es ese empuje constante, esa lucha por hacer que su pueblo no pierda la capacidad de asombro. Esta generación creció haciendo compras nerviosas porque siempre podía pasar algo, en su mayoria no saben que es comprar divisas libremente en su país, son tan tan inteligentes que entienden como si nada los trucos de Cadivi, que traten de explicarle a alguien que no sea venezolano como funciona para que vean la cara que les ponen.

A mi generación se nos obligo al destierro, a separarse de sus familias por conseguir ese futuro mejor, ahora somos extranjeros en todos lados del mundo, con hijos de otras nacionalidades que ya no tienen tu acento, que no van a estudiar en tu colegio, chamos que no van a ser chamos sino para ti porque esa palabra no existe donde tu vives ahora; somos esos que se acostumbraron a otros lados para tener una vida digna, que no es pedir mucho, porque va mas alla de tener un trabajo, es salir a la calle y no estar pendiente de si te siguen o poder hablar por telefono sin que te lo arranque, sin ir muy lejos ir al super y encontrar papel higienico sin tener que matar a nadie.

Entonces??? Que nos queda??? como hacemos??? nos vamos y ya!? se acabo lo que se daba?? estoy segura que muchos añoran su tierra, sus panas, los cachitos, los golfeados, la playa, la colonia tovar, la gran sabana, los medanos, pana tenemos de todo y estamos en otros lados, por queeeee???

14 de octubre de 2013

La isla que somos todos

La isla que somos todos

La isla que somos todos
La isla que somos todos

La rapiña avanza ferozmente. La lista de empresarios de oposición que hace negocios millonarios con el Gobierno es asombrosa. Blasfeman en privado, aplauden al pie de los contratos. El verdadero presidente de este país es el dinero. Y ese sujeto tiene en su vestuario infinidad de camisas rojas, amarillas, blancas
     
L a imagen perfecta: pies anclados en la arena, línea de sal azul frente a los ojos, palmeras desplegadas a lo largo, lentes oscuros, escocés con agua de coco en la mano derecha. Ah, la paz. Estás en la isla de Margarita. El riesgo de atravesar Caracas de madrugada, la tortura llamada aeropuerto nacional, el alquiler de autos que se demora un lustro, todo, absolutamente todo se diluye cuando sorbes tu primer trago, te reclinas en la silla de extensión, una brisa gentil te saluda y lanzas lejos tu mirada, la cuelgas allá en el horizonte. Tan simple que es a veces la felicidad. Pareces el fotograma de una cuña sobre el paraíso terrenal. Pobre iluso.

Me dispongo a potenciar el octanaje de mi segundo trago. Ya hundí los hombros en el mar de Occidente, como diría Andrés Eloy Blanco. Ya celebré la temperatura del agua. Un día impecable en playa El Agua. Ni siquiera solicito el menú. Para qué inventar. Mi cerebro tiene horas demandando un pargo frito, su ensalada rallada y los inevitables tostones que hacen superior al Caribe. De pronto, allí, donde el único sonido era el mar ­un músico sobrio, acoplado, vistoso­ irrumpe una manada de camionetas de doble tracción. La líder del grupo sufre de gigantismo, sus cauchos son del tamaño de un adolescente, ostenta más faros que un estadio de béisbol. Entra en retroceso a la arena, rugiendo su cilindrada. El conductor abre la maleta de cara a nosotros y diez cornetas ­sí, las conté­ vomitaron al unísono una cumbia altisonante, feroz, sobreactuada. Juro que en el mar hubo un estremecimiento. Era como un tsunami que nos atacaba por la espalda. Los huéspedes del local playero nos vimos con un desconcierto untado de bronceador. Tratamos de hacernos los locos, ya le bajarán el volumen, eso es porque están llegando. Pues, no. La cumbia prosiguió como un derrame petrolero, como la lemna en el lago de Maracaibo, como el apocalíptico crescendo del dólar. De las camionetas emergió una multitud que simulaba a Atila y sus huestes invadiendo los Balcanes. Al lado del restaurante había un solar vacío que fue colonizado en segundos. El mesonero les montó una larga mesa, buscó manteles, sillas, vasos. Conclusión: habían llegado para quedarse.

El aire se agrietaba con la sexta y ensordecedora cumbia, cuando mi pareja decidió recoger la toalla, el bloqueador solar y la indignación. Yo propuse, antes de claudicar y largarnos, una negociación a través del intermediario lógico: el mesonero. "Hermano, ¿tú crees que puedas hablar con esa gente para que le bajen el volumen a la música y podamos TODOS disfrutar de la playa?". El hombre puso cara de acontecimiento, pero no se negó. A los diez minutos le llevaba piñas coladas a una pareja de rusos y nada que se acercaba a la zona de crisis. Nueva interpelación: "¿Y entonces, panita?". Y ya ahí no tuvo más cara. "Señor Padrón, usted es venezolano, usted sabe cómo es todo, ellos no me van a hacer caso". El miedo caminó como una hormiga por sus palabras. Ladeó un gesto resignado y se retiró. Al instante estábamos montándonos en el carro. El vigilante ­desdentado, añoso- comentó: "Ahorita se fue otra gente por lo mismo. Yo les dije a ellos: bájenle el volumen, que les van a mandar a la Guardia". Recibió esta perla: "Mándala pues, que aquí el más huevón es teniente coronel". Y terminé de recordar en toda su dimensión el país que hoy somos. Un país de fanfarrones y pendencieros. Un mapa de gente altisonante. Una fábrica de nuevos millonarios y peores pobres. El reino socialista de la anarquía y la corrupción.

*** Dos kilómetros más allá conseguimos un mejor sitio. Se me acerca un vendedor de los clásicos cocteles de la gastronomía playera. "Te tengo el rompecolchón, el vuelvealavida, el matalasuegra, el 7 potencias, liberen a Willy". El pregonero se explaya en argumentos de venta: "Este te hace crecer el pelo. Este otro te salva el matrimonio". Luego de una sonrisa, ordeno mi dosis. Pero algo pasa, no sabe igual. El hombre, oriundo de El Yaque, lo acepta: "Sí, le falta su cebollita, su salsa inglesa.

Es que no se consiguen". Ya el barman que me servía el whisky disimulaba la falta de soda, sugiriéndome que era más sano tomarlo con agua.

En el hotel, el mesonero tuvo que sincerarse en el desayuno: "Para las arepas no hay mantequilla, pero hay Patria".

Había, en todos, un discurso elusivo, una vergüenza inicial, una necesidad de encubrir las carencias ante el turista. Hay sitios donde sólo te "cantan" el menú para ceñirse a lo existente. Yo no dejaba de pensar que apenas a 5.000 millas o un poco más están Aruba, Barbados y Curacao, donde los mesoneros no tienen que andar rociando de pretextos a los viajeros. Usted pida por esa boca, caballero. ¿Dólares de los normales? Te los tenemos.

*** Al día siguiente, recorro la avenida 31 de Julio en pos de un lugar ineludible en cualquier visita a la isla: el negocio de los hermanos Moya, en El Salado. Solo allí puedes comerte una arepa de chicharrón con queso pecorino. (La gente fitness, nutricionistas y vegetarianos pueden saltarse esta línea). En esa desmesura andábamos, conversando con uno de los Moya, cuando a su espalda apareció una llamarada sobre el cableado eléctrico de la calle. El fuego creció, el olor era penetrante y la prudencia nos puso a todos los comensales de pie. Alguien clamaba por los bomberos, otros por Corpoelec. Pero había más resignación que prisa. Todos sabían que cualquiera iba a llegar tarde. Hubo una pequeña explosión y una larga cuadra se quedó sin luz en el acto. No sé si es deformación, pero en todos lados veo metáforas del país que hoy somos. Un cableado eléctrico que explota, una solución que no va a llegar a tiempo, un tanto más de oscuridad.

En el hotel, por cierto, la luz se iba a cada tanto. Era un fogonazo que daba paso al orden en segundos. La planta eléctrica, sin duda, era el objeto más valioso del lugar. Escribo esto mientras, al fondo, el noticiero anuncia que el puente de Boca de Uchire, que une al centro con el oriente del país, colapsó. Así avanza la potencia turística en la que nos convertiremos, según ese especialista en cinismo que es el ministro de Turismo. Un país pujante, ¿en qué momento dejamos de serlo? *** En Pampatar están los mejores restaurantes de toda la isla, pero también algunas de las más virtuosas empanaderas del Caribe. Al tercer día era imperativo desayunar en esa emboscada de triglicéridos llamada "El Rincón de las Empanadas". La vendedora nos sirve un jugo de papelón con limón, amasa una empanada de queso con plátano frito y desfoga su discurso: "Yo antes era mundana, me fumaba de tres a cuatro cajas de cigarro diarias, bebía aguardiente, jugaba lotería, pero ahora encontré la palabra del Señor". Su hija la ayuda en la faena. "Se me va para el servicio militar. Tengo cuatro varones, y la única hembra es la que decidió servirle a la patria. ¡Imagínese!". Dijo patria con cierto mohín de burla. Es chavista, ojo. "Sí, y estoy mil veces arrepentida de haber votado por Maduro. Ese hombre no sabe expresarse. Y se lo digo yo que soy bruta". Era una viuda más del Comandante Supremo.

"Chávez sabía ofender ­porque él ofendía­ y sabía defenderse.

Pero este, ni eso". De rompe, desplegó su estrategia de vida. "Hay que saber jugar a la política. Yo me la paso con mi franela roja, pero cuando voy a hablar con la alcaldesa me pongo mi franela azul, y marcho con ellos y en el camino le voy pidiendo lo que necesito". El día anterior, en playa Guacuco, un amigo me contó algo similar. Una antigua socia está en el equipo de trabajo de un ministro. Ella es de oposición, pero en su Twitter está inscrita en sangre la siguiente frase: "Chavista. Fiel a la Revolución".

He allí parte del drama que nos ocupa. Cada quien se ha convertido en una isla de supervivencia. Los principios están en desuso. Las convicciones son dúctiles. Las ideologías cambian al son del viento. El prójimo es una abstracción lejana. Hoy, con más impudicia que nunca, la gente se disfraza de lo que toque.

La rapiña avanza ferozmente. La lista de empresarios de oposición que hace negocios millonarios con el Gobierno es asombrosa. Blasfeman en privado, aplauden al pie de los contratos. El verdadero presidente de este país es el dinero. Y ese sujeto tiene en su vestuario infinidad de camisas rojas, amarillas, blancas.

El chavismo es una doctrina intoxicada de dólares y fotos del Che Guevara. Mientras tanto, en una autopista caraqueña, el ejército de motorizados se baja de sus caballos de dos ruedas y saquea un camión de carne congelada mientras asfixian con sus pisadas el rostro de un chofer agónico. ¿Cuál es la prioridad del hombre nuevo forjado en la revolución bolivariana? ¿Salvar la vida de un ser humano o ver la cara extática de tu familia cuando metas, de un solo golpe, veinte kilos de solomo en la nevera de tu casa? La isla que somos todos no tiene otro destino sino ser tragada por ese océano llamado caos o redimida por el urgente estacazo de la sensatez.

7 de octubre de 2013

El harén de las mujeres occidentales es la talla 38

El harén de las mujeres occidentales es la talla 38
“Mientras intentaba encontrar, sin éxito, una falda de algodón en unos grandes almacenes en Estados Unidos, oí por primera vez que mis caderas no iban a caber en la talla 38. A continuación viví la desagradable experiencia de comprobar cómo el estereotipo de belleza vigente en el mundo occidental puede herir psicológicamente y humillar a una mujer. Tanto, incluso, como la actitud de la policía pagada por el Estado para imponer el uso del velo, en países con regímenes extremistas como Irán, Afganistán o Arabia Saudí.
La elegante señorita del establecimiento me  miró de arriba abajo desde detrás del mostrador y, sin hacer el menor movimiento, sentenció que no tenía faldas de mi talla: ¡Es usted demasiado grande! – dijo.
- ¿Comparada con qué? – repliqué.
- Pues con la talla 38. Lo normal es una 36 o una 38. Las tallas grandes, como la que usted necesita, puede encontrarlas en tiendas especiales.
Era la primera vez que me decían semejante estupidez respecto a mi talla.
- Y ¿se puede saber quién establece  lo que es normal y lo que no? – pregunté a la dependienta como queriendo recuperar algo de mi seguridad si ponía a prueba las reglas establecidas. – ¿Quién ha dicho que todo el mundo deba tener la talla 38? – bromeé, sin mencionar la talla 36, que es la que usa mi sobrina de doce años, delgadísima.
- La norma está presente en todas partes, querida mía. En las revistas, en los anuncios. Es imposible no verlo. Si aquí se vendiera la talla 46 ó 48, que son probablemente las que usted necesita, nos iríamos a la bancarrota. Pero ¿en qué mundo vive usted, señora? Lo siento, pero no puedo ayudarla, de verdad.
-  Pues vengo de un país donde no existen las tallas en la ropa de mujer – repliqué-. Yo misma me compro la tela, y la costurera del barrio o un artesano me hacen la falda que le pido a medida. De hecho, si quiere que le diga la verdad, no tengo ni idea de qué talla uso.
- ¿Quiere usted decir que no vigila su peso? – me preguntó con cierta incredulidad.”
Fatema Mernissi a partir de esta experiencia reflexiona sobre nuestra violencia simbólica en el último capítulo de su obra “El harén en Occidente”, uno de esos pequeños grandes libros de obligada lectura.

 
39499-artwork_images_116956_430053_lalla-essaydi (1)Fatema concluye que “a diferencia del hombre musulmán, que establece su dominación por medio del uso del espacio (excluyendo a la mujer de la arena pública), el occidental manipula el tiempo y la luz. Este último afirma que la mujer es bella cuando aparenta catorce años y al dar el máximo de importancia a esa imagen de niña y fijarla en la iconografía como ideal de belleza, condena a la invisibilidad a la mujer madura”. Mernissi añade que no se ataca directamente la edad, sino que se enmascara como opción estética. “En efecto, en aquella tienda no solo me sentí repentinamente horrorosa, sino también inútil. Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan… El objetivo es el mismo en ambos casos.” Prosigue: “el poder del hombre occidental reside en dictar cómo debe vestirse la  mujer y qué aspecto debe tener. Es el hombre quien controla la industria de la moda, desde la cosmética hasta la ropa interior. Me di cuenta de que Occidente es la única parte del mundo donde las cuestiones de la moda femenina son un negocio dirigido por hombres. En países como Marruecos la moda es cosa de mujeres.”

Serie “Harem” de Lalla Essaydi.

 
lalla-essaydi-3Esta es la visión acerca de la violencia simbólica occidental para una mujer árabe culta como Fatema Mernissi. Una visión que personalmente me impactó cuando la leí por primera vez, en tanto que como mujer occidental era la primera vez que sentía sobre mi cultura patriarcal la mirada crítica de una persona de origen árabe, una mirada feminista y tan inflexible como nuestras miradas cotidianas al uso del velo y otras costumbres de la cultura patriarcal árabe. Fue un choque enriquecedor.  Verse a través de los ojos de “el otro” siempre lo es.
El fragmento que aquí he reproducido, resumido, su autora lo vivió y escribió hace más de una década, sin embargo no parece tan lejano. Por el contrario, resulta muy actual tanto en las cuestiones que aborda acerca del control sobre la mujer en occidente como aquellas relativas al mundo árabe. Cierto que, a distintos ritmos, se están produciendo avances positivos en ambos hemisferios, pero es un hecho que son lentos y que situaciones como las que vivió la escritora marroquí en aquella tienda estadounidense a finales de los 90, actualmente siguen presentes en nuestro día a día femenino.
Una de las últimas exclamaciones de Fatema Mernissi en este pasaje es: “¡Qué espanto si a los fundamentalistas les diera por imponer no solo el velo, sino también la talla 38!” Añado: ¡qué espanto si a los gurús de la moda occidental les diera por enmascarar de opción estética no solo la talla 38, sino también el velo! Doble e igual espanto si como mujeres de una cultura u otra, culquiera de ellas no son nuestra real, consciente y libre elección.
Fatema MernissiFatema Mernissi, nacida en Fez en 1940, estudió Ciencias Políticas y fue becada por la Sorbona para un doctorado en la universidad de Brandeis, Estados Unidos. Historiadora, ensayista, doctora en sociología y profesora en la Universidad Mohamed V de Rabat. También ha sido asesora de varios organismos como la UNESCO o la BIT. Es una de las intelectuales marroquíes más conocidas en Europa, destacando por su defensa de los derechos de la mujer y por ser una autoridad mundial en estudios de El Corán, así como por el estudio del impacto de las nuevas tecnologías en el mundo islámico.
Mernissi defiende un concepto humanista donde las mujeres tienen que asumir su papel luchando con la palabra, el arma principal para lograr la igualdad, y un enfoque por la lucha por los derechos humanos y la revolución a través de la mejora de las habilidades de comunicación.
En 2003 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, junto a Susan Sontag.

Saldo final

El hotel de La Rue des batailles
el sentimiento de que se podrían hacer mejor las cosas
un final como el de los amantes del circulo polar
la canción del coro de los amores rotos
una pecera con lágrimas
una ruina llamada tú
un derrumbe llamado yo
una factura de la que nadie quiso hacerse cargo
la certeza de que alguna vez
también nos mordió en la boca la felicidad.

Eso es lo que me quedó después de nuestra historia.
 
 
 
Tomado del Blog de Marwan, un grande!!